AHONDANDO EN LA MEDITACIÓN

bosque-de-otono-camino                    Desde hace un tiempo, todas las mañanas hago una pequeña práctica de atención y una serie de asanas. En el lenguaje del yoga, se llama sadhana *(práctica personal). Intento que sea diario, incluso sábados y domingos, pero no siempre es posible. De todas formas el día que no tengo tiempo, procuro trasladarlo a la tarde.

Es una especie de disciplina, de acuerdos que debes mantener contigo mismo. Para mi la experiencia está siendo reveladora.

Noto que mi mente está más serena en el día a día. Que presto más atención a las cosas que están pasando. Es decir, que no estoy permanentemente en mis pensamientos, y el afuera es algo anecdótico. Incluso en el baile (practico danzas del mundo), los pasos me salen mejor… pero bueno, solo estoy centrando la mente… y creo que es el primer paso para llegar a  la meditación..  esto es otra cosa…

Esta mañana me he encontrado con este artículo de mi admirado Enrique Martínez Lozano , que reproduzco fielmente.

Es fresco, claro y elimina conceptos falsos de lo que es la  meditación. Ya era hora de que Occidente aprenda de los sabios de Oriente, que desde hace miles de años realizaban una serie de prácticas (sadhana) para conseguir el estado meditativo/ (dhyana), pasando antes por la atención concentrada (Dharana), siendo su equivalente el mindfulness actual. Ambos muy populares en la actualidad y buscados como respuesta al sistema de vida desordenado y alejados de la practicas espirituales.

Me dispongo a estar más despierta al mundo. A lo que ocurre a mi alrededor, y estas practicas me ayudan a ello.

 La meditación “disuelve” el yo

Para quienes únicamente han oído hablar de ella, la meditación suele aparecer como una práctica, más o menos extraña o incluso esotérica, con la que se buscaría relajación o serenidad. En cualquier caso, se trataría de algo marginal y, en cuanto tal, prescindible.
Esta opinión ha empezado a modificarse en Occidente gracias a la inusitada expansión del “mindfulness” y a su reconocimiento creciente, particularmente en ámbitos psicológicos, médicos y académicos.
Sin embargo, mindfulness no es sinónimo de meditación. Se trata de una valiosa y eficaz herramienta terapéutica, cuyos efectos se han comprobado fehacientemente, tanto en la prevención o disminución de la ansiedad, el estrés y la depresión, como en el crecimiento integral de la persona. No es extraño, por tanto, que desde los terrenos psicológico y educativo se le preste cada vez una mayor atención.
La meditación, sin embargo, no es un conjunto de prácticas –aunque las incluya-, sino de un estado de consciencia, caracterizado por la vivencia de la no-dualidad.
No se trata, por tanto, del ejercicio de un yo que busca en la meditación algún beneficio en particular. La meditación es un estado de pura atención, en el que esta llega a ocupar todo el espacio, hasta el punto de que desaparece incluso el yo que quería meditar. Meditación es, por tanto, un estado sin yo. Lo cual resulta plenamente coherente: dado que el yo es solo un pensamiento, acallado este en la atención, aquel se disuelve. (Quizás, en rigor, habría que decir que lo que se disuelve es la identificación con el yo).
Lo que ocurre, con frecuencia, es que son los propios meditadores habituales quienes entienden la meditación como un medio para alcanzar algo que les resulte “beneficioso”. Cuando eso ocurre, lo que se consigue es seguir fortaleciendo la sensación del ilusorio “yo”, que utiliza incluso la meditación para perpetuar su afán de protagonismo. De ese modo, aquella se convierte en una herramienta más al servicio del yo.
Frente a este engaño, tan sutil como habitual, me parece importante tener presente que la meditación es un estado de consciencia radicalmente diferente del estado mental, al que se accede silenciado el pensamiento y poniendo atención, hasta que llega un punto en el que la atención (consciencia) lo ocupa todo.
El sujeto de la meditación no es, pues, el yo que quiere estar atento o se esfuerza por mantenerse consciente, sino la propia consciencia. De ahí que, siempre que el meditador se considera “sujeto” de la práctica, cae en el engaño antes citado, que imposibilita que emerja el estado meditativo.
En todo caso, el “sujeto” de la práctica habrá de ser el “Testigo”, no el yo o la mente, sino la consciencia que atestigua, Eso que observa o se da cuenta. En rigor, “yo” no medito, porque cuando hay meditación no hay (identificación con el) yo. Y “yo” no es tampoco el Testigo que observa; se trata de un nivel diferente de identidad: acallado el yo mental, emerge el Testigo. Y, a partir de ahí, puede operarse el “paso” del Testigo a la Consciencia una, donde todo es –y solo es- atención sin sujeto separado.
La “moraleja” que de aquí se desprende para quienes meditan es simple pero profundamente renovadora o transformadora: no te sitúes en el yo para meditar; más aún, no te busques como “yo”. Ábrete a percibir que “tú” no eres el sujeto de la práctica, sino que, en cuanto empiezas a meditar, el yo cae, porque emerge otra nueva identidad que trasciende la mente.
Para terminar, me gustaría señalar que es precisamente este cambio de estado el que explica que la no-dualidad no pueda ser percibida por la mente, que fácilmente la descalificará como ilusoria. La incapacidad es la misma que experimentaría quien duerme –en el estado de consciencia onírico- para captar el mundo de la vigilia. Un estado de consciencia inferior tiene vedado el acceso a otro estado superior.
(*)Sādhana es la disciplina que subyace a la consecución de una meta…. Es una práctica personal mediante la cual energizamos/equilibramos nuestro cuerpo y serenamos la mente.

 

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