La Ley de Atracción. El Secreto.

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Todo en el universo es energía, todos los seres emiten vibraciones al exterior. La ley que regula y explica el funcionamiento y la interacción de los cuerpos se llama LEY DE ATRACCIÓN, y en este video se muestra de una manera clara, sencilla y asequible para todos. ¡Que lo disfruteis!.

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AHORA TODAS LAS TERAPIAS ALTERNATIVAS TILDADAS DE FRAUDE..

terapia alternativa
Estoy conmocionada por los ataques a las llamadas “terapias alternativas” desde la superioridad de aquel, que se autoproclama científico.

Ataques por todos lados a la homeopatía, que muchos de mis amigos médicos practican y confían. Dejan de ofrecer el máster en Homeopatía en algunas Universidades españolas. Seguir leyendo

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EL SILENCIO INTERIOR

Lo-que-eres

Esta mañana me he encontrado con este regalo, que quiero compartir con vosotros, como siempre mi gran admirado filósofo de la vida, Enrique Martinez Lozano.

Sus palabras traspasan el alma y alcanza aquello que es muy dificil de explicar para el común de los mortales. Para él, no.

No hago un resumen, merece la pena disfrutarlo entero y aquí está.

EL SILENCIO ME SOSTIENE Y ME LIBERA

Enrique Martínez Lozano

Desde siempre sentí una atracción especial por el silencio, antes incluso de saber lo que era. Desde niño, sentía la necesidad de quedarme a solas; siendo joven, empecé a buscar espacios de silencio en monasterios cartujos y cistercienses. Y percibía que el silencio me “recomponía”, aquietándome por dentro y armonizando toda mi existencia.

        Sin embargo, la innegable atracción se daba la mano con la dificultad que experimentaba. Buscaba el silencio, pero rara vez lograba acallar el oleaje mental y emocional. Había demasiado ruido –miedo y soledad- y demasiado ego en mi interior. Y me faltaba mucho para comprender que el silencio no tiene que ver tanto con lo exterior, cuanto con la mente y el yo. Me faltaba mucho trabajo interior –trabajo psicológico y práctica meditativa adecuada- para ir aprendiendo a aquietar la mente y silenciar el ego.  

        Hoy sigo experimentando dificultades y mi ego se sigue desbocando. Sin embargo, se me ha regalado una certeza impagable: que el silencio no es “algo” que vaya buscando porque me hace bien, sino que es otro nombre de la Realidad que me sostiene y, en último término, me constituye. Y ahora entiendo, finalmente, por qué me atraía con tanta intensidad: el Silencio es la “casa”, nuestra verdadera identidad. Lo contiene todo –también los ruidos, los pensamientos y las emociones con sus vaivenes-, pero no se reduce a nada de ello.

        Tras ese regalo, vivo el Silencio, no como algo bienhechor, ni tampoco como una práctica beneficiosa, sino como un estado de consciencia que me permite reencontrarme conmigo mismo en profundidad y con todos los seres.

        Ahora sé también que no hay nada que lo pueda romper. Y por eso vuelvo a él en medio de cualquier actividad e incluso de cualquier alteración. Volver a él es venir a casa y encontrarme con lo que soy, con lo que somos: Aquello que está siempre a salvo y no puede ser dañado. He descubierto así el Silencio como fuente de liberación.

        Y no se trata de ningún esfuerzo por “construir” o “producir” ese silencio sanador. Es mucho más sencillo: se trata simplemente de dejarse atraer y aprender a descansar en él. El resto viene dado. No implica tantoesforzarse en poner atención cuanto descansar en la atención que somos.

     Descansar, vivir en el Silencio significa poner consciencia en todo aquello que hago y vivo: en la tarea que estoy realizando, en la relación que mantengo, en la preocupación que aparece, en la inquietud que altera, en el dolor que desasosiega…, e incluso en la oscuridad que parece cegarme. Sea lo que sea, simplemente, pongo consciencia en aquello que está sucediendo –me introduzco en el estado de consciencia que es el Silencio- y permanezco en la Presencia que soy. Y compruebo, una y mil veces, que lo que brota de ese estado no tiene nada que ver con lo que aparece en el estado mental. El Silencio me unifica y me libera, me mantiene en casa, me otorga una capacidad cada vez más fácil de resituarme cuando mi ego ha tomado el mando y me regala el gozo de experimentar que soy uno con la Vida.

Pero muchas veces, huimos de ese silencio. Y la mente se llena de ruido….

 

 

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AHONDANDO EN LA MEDITACIÓN

bosque-de-otono-camino                    Desde hace un tiempo, todas las mañanas hago una pequeña práctica de atención y una serie de asanas. En el lenguaje del yoga, se llama sadhana *(práctica personal). Intento que sea diario, incluso sábados y domingos, pero no siempre es posible. De todas formas el día que no tengo tiempo, procuro trasladarlo a la tarde.

Es una especie de disciplina, de acuerdos que debes mantener contigo mismo. Para mi la experiencia está siendo reveladora.

Noto que mi mente está más serena en el día a día. Que presto más atención a las cosas que están pasando. Es decir, que no estoy permanentemente en mis pensamientos, y el afuera es algo anecdótico. Incluso en el baile (practico danzas del mundo), los pasos me salen mejor… pero bueno, solo estoy centrando la mente… y creo que es el primer paso para llegar a  la meditación..  esto es otra cosa…

Esta mañana me he encontrado con este artículo de mi admirado Enrique Martínez Lozano , que reproduzco fielmente.

Es fresco, claro y elimina conceptos falsos de lo que es la  meditación. Ya era hora de que Occidente aprenda de los sabios de Oriente, que desde hace miles de años realizaban una serie de prácticas (sadhana) para conseguir el estado meditativo/ (dhyana), pasando antes por la atención concentrada (Dharana), siendo su equivalente el mindfulness actual. Ambos muy populares en la actualidad y buscados como respuesta al sistema de vida desordenado y alejados de la practicas espirituales.

Me dispongo a estar más despierta al mundo. A lo que ocurre a mi alrededor, y estas practicas me ayudan a ello.

 La meditación “disuelve” el yo

Para quienes únicamente han oído hablar de ella, la meditación suele aparecer como una práctica, más o menos extraña o incluso esotérica, con la que se buscaría relajación o serenidad. En cualquier caso, se trataría de algo marginal y, en cuanto tal, prescindible.
Esta opinión ha empezado a modificarse en Occidente gracias a la inusitada expansión del “mindfulness” y a su reconocimiento creciente, particularmente en ámbitos psicológicos, médicos y académicos.
Sin embargo, mindfulness no es sinónimo de meditación. Se trata de una valiosa y eficaz herramienta terapéutica, cuyos efectos se han comprobado fehacientemente, tanto en la prevención o disminución de la ansiedad, el estrés y la depresión, como en el crecimiento integral de la persona. No es extraño, por tanto, que desde los terrenos psicológico y educativo se le preste cada vez una mayor atención.
La meditación, sin embargo, no es un conjunto de prácticas –aunque las incluya-, sino de un estado de consciencia, caracterizado por la vivencia de la no-dualidad.
No se trata, por tanto, del ejercicio de un yo que busca en la meditación algún beneficio en particular. La meditación es un estado de pura atención, en el que esta llega a ocupar todo el espacio, hasta el punto de que desaparece incluso el yo que quería meditar. Meditación es, por tanto, un estado sin yo. Lo cual resulta plenamente coherente: dado que el yo es solo un pensamiento, acallado este en la atención, aquel se disuelve. (Quizás, en rigor, habría que decir que lo que se disuelve es la identificación con el yo).
Lo que ocurre, con frecuencia, es que son los propios meditadores habituales quienes entienden la meditación como un medio para alcanzar algo que les resulte “beneficioso”. Cuando eso ocurre, lo que se consigue es seguir fortaleciendo la sensación del ilusorio “yo”, que utiliza incluso la meditación para perpetuar su afán de protagonismo. De ese modo, aquella se convierte en una herramienta más al servicio del yo.
Frente a este engaño, tan sutil como habitual, me parece importante tener presente que la meditación es un estado de consciencia radicalmente diferente del estado mental, al que se accede silenciado el pensamiento y poniendo atención, hasta que llega un punto en el que la atención (consciencia) lo ocupa todo.
El sujeto de la meditación no es, pues, el yo que quiere estar atento o se esfuerza por mantenerse consciente, sino la propia consciencia. De ahí que, siempre que el meditador se considera “sujeto” de la práctica, cae en el engaño antes citado, que imposibilita que emerja el estado meditativo.
En todo caso, el “sujeto” de la práctica habrá de ser el “Testigo”, no el yo o la mente, sino la consciencia que atestigua, Eso que observa o se da cuenta. En rigor, “yo” no medito, porque cuando hay meditación no hay (identificación con el) yo. Y “yo” no es tampoco el Testigo que observa; se trata de un nivel diferente de identidad: acallado el yo mental, emerge el Testigo. Y, a partir de ahí, puede operarse el “paso” del Testigo a la Consciencia una, donde todo es –y solo es- atención sin sujeto separado.
La “moraleja” que de aquí se desprende para quienes meditan es simple pero profundamente renovadora o transformadora: no te sitúes en el yo para meditar; más aún, no te busques como “yo”. Ábrete a percibir que “tú” no eres el sujeto de la práctica, sino que, en cuanto empiezas a meditar, el yo cae, porque emerge otra nueva identidad que trasciende la mente.
Para terminar, me gustaría señalar que es precisamente este cambio de estado el que explica que la no-dualidad no pueda ser percibida por la mente, que fácilmente la descalificará como ilusoria. La incapacidad es la misma que experimentaría quien duerme –en el estado de consciencia onírico- para captar el mundo de la vigilia. Un estado de consciencia inferior tiene vedado el acceso a otro estado superior.
(*)Sādhana es la disciplina que subyace a la consecución de una meta…. Es una práctica personal mediante la cual energizamos/equilibramos nuestro cuerpo y serenamos la mente.

 

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LA ESTACIÓN DEL ALMA: EL OTOÑO.


En las horas de Otoño, como que todo recobra la calma, el centro de este cosmos.

La Creación tiene un adentro, un seno en el que se alojan las mil semillas que son promesas de vida.

Todo cae al caer las hojas, mientras regresa el árbol a su seno, a su raíz. Y el hombre a su ser, a su latir secreto. Mientras hay como un derrumbe, como un desmoronamiento fuera, una luz una hoguera se enciende en el adentro.

En esta hora del Otoño, la Creación entra en un sueño y pasa horas y horas en la sombra, en la penumbra, en la oscuridad, acurrucada en el secreto abrazo de la Madre Tierra. La vida queda enterrada, sin mortaja que la disimule, y revivirá al calor de la Primavera.

La palabra es como algo fijo, como un cadáver en el diccionario y revivirá al calor del silencio.

La vida es como un silencio otoñal, todo el árbol se vuelve otoño, se vuelve silencio. Es la Tierra habitada por el silencio que alumbrará una palabra, una Primavera.

El Otoño evidencia de la muerte y evidencia de la vida. El silencio evidencia del corazón, evidencia del amor.

En el Otoño como que se apaga la vida. Pero lo que sucede es que la vida se reúne y se congrega en el seno del silencio para después renacer.

Vive la tierra el retiro de un embarazo, del silencio y de la fecundidad. En este tiempo la tierra se deja arar por la reja y se vuelve receptiva y acogedora. Es el Otoño una estación preñada de energía y de vida.

La vida es presa de su adentro, de su interioridad, de su seno.

El Otoño no es preferentemente un asunto de climatología. El Otoño es sementera, es paciencia con cierta impaciencia. Es despojo, desapego, transparencia, se caen las hojas y el bosque se vuelve transparente. Cuando se caen las palabras, cuando se detienen los deseos, cuando cesan las expectativas, el alma se vuelve transparente de la trascendencia que le habita.

El Otoño todo es adentro. La Primavera todo es afuera.

El silencio, una estación recatada, austera. La Primavera es una exhibición espectacular, es un inmenso grito de la Naturaleza.

Primero aprende a ser Otoño. Después serás Primavera.               

José Fernández MORATIEL.

Nota: La foto me la ha enviado mi ahijada desde EEUU donde está estudiando.

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RELAJACIÓN Mental y Emocional

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Bueno, ya sabéis que para mi la relajación es muy importante, es la base de nuestro bienestar, por eso cuando encuentro una nueva relajación on line (audio), sencilla y eficaz, me dispongo a compartirla. Esta es una de ellas.

Es una relajación muy completa del profesor de yoga Santiago Pazhín. Indicada para aplacar el estrés, la ansiedad y sobretodo, SERENAR LA MENTE, que es el objetivo de toda relajación. Si queremos que sea efectiva debemos de introducirla en nuestra rutina diaria, a fin de que deje poso en nuestras células, en nuestros tejidos, en nuestros órganos…, en nuestra mente. El cuerpo tiene memoria, cuanto más lo practiquemos más notaremos su efecto en nuestro día a día.

Podemos, inicialmente, escucharla durante unos días hasta que la hayamos aprendido de memoria, a partir de ese momento la hacemos nuestra y la practicamos al iniciar el día, siempre al levantarnos. Unos minutos diarios es suficiente, pero eso sí, todos los días… hasta llevarla a nuestra rutina y no nos cueste esfuerzo. Al cabo de un mes empezaremos a notar el cambio.

 Muy recomendable. Tras unos minutos de explicación. La relajación se inicia en el minuto 0.05.

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EL PENSAMIENTO NO DUAL

mayo 2006 01-08-2003 18-13-49 2304x1728Me ha llamado la atención siempre, el nuevo paradigma del conocimiento:         
El Pensamiento No Dual. Enrique Mtez Lozano, es el mayor valedor, que yo conozca, de esta teoría en nuestra cultura occidental y cristiana, y lo explica siempre muy bien.

Los textos védicos, las enseñanzas de los sabios rishis, de más de 5000 años de antigüedad, contienen esta ideología, donde su máximo exponente es: “TODOS SOMOS UNO”.

Hace 8 años que practico yoga con asiduidad, y que, incluso, voy profundizando en su filosofía, y cada vez me sorprende más.

Todos los principios de la Psicología que yo estudié, aparecen aquí, pero en sus orígenes (el inconsciente colectivo de Jung, los poderes psíquicos -los shidhis-, …)

Y este artículo de Mtez Lozano, lo describe muy bien:

Desde el punto de vista convencional, se cree que la experiencia está compuesta por dos elementos esenciales: un sujeto –el cuerpo mente- y un objeto –las cosas, los demás y el mundo-. Por este motivo, podríamos llamar a esta visión de la experiencia Dualidad Convencional, en la cual está implícita la relación sujeto-objeto.

En la Dualidad Convencional, se cree que el cuerpo-mente (el sujeto de la experiencia) conecta con las cosas, los demás y el mundo –los objetos de la experiencia- mediante un acto de conocer, sentir o percibir. De ese modo, se considera que el cuerpo-mente es consciente, y que “las cosas, los demás y el mundo” son aquello de lo cual “yo” –el cuerpo mente- soy consciente. Esta creencia es la asunción fundamental en la cual está basada nuestra cultura mundial y es encumbrada en nuestro lenguaje con frases como “yo conozco esto y lo otro”, “yo te quiero”, “yo veo el árbol”. En todos los casos, hay un sujeto, “yo”, que conoce, siente o percibe un objeto –“tú” o “ello”-. De hecho, esta creencia está tan integrada en nuestra cultura que la mayoría de la gente no lo considera en absoluto una creencia, sino que lo asume ciegamente como una verdad absoluta.

Como un primer paso hacia la comprensión de la verdadera naturaleza de la experiencia, las enseñanzas no duales señalan que no es el “yo”, el cuerpo-mente, el que es consciente de las cosas, de los demás y del mundo, sino que es el “Yo-Consciencia” el que es consciente del cuerpo y de la mente, así como de las cosas, de los demás y del mundo. De este modo, el cuerpo y la mente son entendidos como objetos de la experiencia, no como el sujeto.

En este caso, se entiende que el sujeto o el conocedor de la experiencia no está hecho de nada objetivo, como pudiera ser un pensamiento, una imagen, un sentimiento, una sensación o una percepción; está simplemente presente y consciente, y por lo tanto nos referimos a él como “Consciencia”.

Al no tener ninguna característica objetiva, se dice que el sujeto de la experiencia -pura Consciencia- está inherentemente vacío: vacío de pensamientos, imágenes, sentimientos, sensaciones y percepciones; transparente, sin color, sin forma, imperceptible y, en última instancia, inconcebible; sin embargo, si queremos poder hablar o escribir sobre la naturaleza última de la experiencia, no nos queda más remedio que hacer una concesión y concebirlo provisionalmente.

El proceso mediante el cual descubrimos que no es el “yo” como cuerpo-mente el que es consciente de las cosas, de los demás y del mundo, sino que es el “Yo” comoConsciencia el que es consciente del cuerpo y la mente, así como de las cosas, los demás y el mundo, es denominado en ocasiones neti-neti: “no soy esto, no soy aquello”. No soy mis pensamientos; soy consciente de mis pensamientos. No soy mis sentimientos; soy conscientede mis sentimientos. No soy mis sensaciones corporales; soy consciente de mis sensaciones corporales. No soy mis percepciones –visiones, sonidos, sabores, texturas y olores-; soy consciente de mis percepciones.

Así, el neti-neti es un procedimiento de discriminación o exclusión, mediante el cual vamos de la creencia de que soy “algo” –una mezcla de un cuerpo y una mente- a la comprensión de que soy “nada” (ninguna cosa)- ningún pensamiento, imagen, sentimiento, sensación o percepción.

De este modo, la culminación del camino del neti-neti –elCamino de la Exclusión– es conocer nuestro Yo como pura Consciencia. Sin embargo, este proceso aún no nos dice nada sobre cuál es la naturaleza de la Consciencia, más allá de que está simplemente presente y consciente. Y en ese sentido, no es esto lo que se ha entendido tradicionalmente por despertar o iluminación. El despertar o iluminación no es tan solo la revelación de la presencia de la Consciencia –aunque este sea el primer paso- sino la revelación de su naturaleza

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Para poder avanzar desde el entendimiento de que la Consciencia está presente y es consciente a la comprensión de su verdadera naturaleza, es necesaria, en la mayoría de los casos, una cierta exploración. Sin embargo, ¿quién o qué podría explorar o conocer la Consciencia? Únicamente ella es consciente y, por lo tanto, es tan solo ella la que puede saber algo sobre sí misma. Por este motivo explorar la Consciencia significa ser consciente de la Consciencia. No obstante, para ser consciente de sí misma, la Consciencia no necesita conocer nada nuevo; simplemente siendo ella misma, la Consciencia ya es siempre, de un modo natural y sin esfuerzo, consciente de sí misma, de igual modo que el sol, de forma simple y natural, se ilumina a sí mismo simplemente siendo él mismo.

Por lo tanto, investigar verdaderamente nuestra naturaleza esencial, aunque casi siempre se inicia razonando, reflexionando y cuestionando, es, en última instancia, simplemente permanecer conscientemente como nuestro Ser esencial de pura Consciencia. En este proceso, la mente queda privada de su objeto y, al no tener nada en lo que enfocarse o a lo que aferrarse, retorna de una forma natural, espontánea y sin esfuerzo a su fuente de pura Consciencia, permaneciendo como tal de manera consciente.

Es en este permanecer como nuestra naturaleza esencial de pura Consciencia donde el recuerdo de nuestra naturaleza ilimitada y eternamente presente comienza a surgir el recuerdo de nuestro eterno e infinito Ser. Por supuesto, no es un recuerdo de “algo”. Sin embargo, el término recuerdo es apropiado porque este conocimiento de nuestro propio Ser –su conocimiento de sí mismo como esencialmente es- siempre ha estado con nosotros y, por lo tanto, no es algo nuevo que se conozca. Tan solo estuvo aparentemente perdido, velado, pasado por alto u olvidado.

Este recuerdo de nuestra naturaleza ilimitada y eternamente presente es designado de formas variadas en las distintas tradiciones espirituales: despertar, iluminación, satori, liberación, nirvana, resurrección,moksha, bodhi, rigpa, kenhso, etc. En todas estas denominaciones se hace referencia a la misma experiencia: el abandono de la identificación con todo lo que previamente considerábamos que era inherente y esencial en nuestro Yo. En la tradición zen se refieren a ello como La Gran Muerte y en la religión cristiana se representa mediante la crucifixión y la resurrección –la disolución de los límites que el pensamiento ha sobreimpuesto en nuestro Yo y la revelación de su naturaleza eterna e ilimitada-.

Este despertar a nuestra naturaleza esencial de Consciencia ilimitada y eternamente presente puede tener o no un efecto drástico e inmediato en el cuerpo y en la mente. De hecho, en muchos casos, este reconocimiento puede darse de un modo tan silencioso y sosegado que incluso puede que a la mente le pase desapercibido.

En cierta ocasión escuché una historia en la que un estudiante de un reconocido maestro zen le preguntaba: “¿Por qué nunca hablas de tu experiencia de iluminación?”. En este punto la esposa del maestro zen se levanta en el fondo de la sala y dice a voces: “¡Porque nunca la ha tenido!”. Otros cuentan que el simple reconocimiento de su Ser esencial los dejó tan desorientados que, por ejemplo, ¡se pasaron los dos años siguientes sentados en un banco del parque acostumbrándose a él!

En cualquier caso, el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza es tan solo una etapa intermedia: la verdadera naturaleza de nuestro Yo –pura Consciencia- ha sido reconocida como el sujeto eterno e infinito de toda experiencia, pero los objetos del cuerpo, la mente y el mundo aún han de ser incorporados en esta nueva comprensión.

En esta etapa, se ha comprendido que nuestra verdadera naturaleza es la Consciencia trascendente; la presencia testigo de la Consciencia en el trasfondo de toda experiencia; el espacio eternamente presente e ilimitado en el que aparecen los objetos temporales y limitados del cuerpo, la mente y el mundo, y mediante el cual son conocidos; el vacío en el que surge la totalidad de la experiencia.

Sin embargo, desde este punto de vista, la experiencia aún consiste en un sujeto –si bien se trata de un sujeto iluminado- y un objeto. El sujeto –la Consciencia eterna e infinita- se equipara en ocasiones a un espacio abierto y vacío como el cielo, en el que los objetos de la experiencia –pensamientos, imágenes, sentimientos, sensaciones corporales y percepciones- aparecen y desaparecen como las nubes. En ese sentido, la Consciencia aún es un (algo), aunque sea un (algo) transparente y vacío. Todavía estamos en el terreno de la dualidad –que podríamos denominar Dualidad Iluminada- en la que un sujeto eterno e infinito parece conocer objetos temporales y finitos.

Es en este contexto en el que la palabra Consciencia se usa en este libro: Las cenizas del amor.

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Para que la paz y la felicidad que son inherentes al conocimiento de nuestro propio Ser –su conocimiento de sí mismo- puedan ser plenamente sentidas y vividas en todos los aspectos de la vida, nuestra comprensión iluminada ha de incorporarse en todos los ámbitos de la experiencia, es decir, en el modo en que pensamos, sentimos, actuamos, percibimos y nos relacionamos.

Por lo tanto, hay una segunda etapa –el Camino de la Inclusión o Camino Tántrico- en la que el modo en que pensamos, sentimos, actuamos y nos relacionamos se readapta gradualmente a nuestra nueva comprensión. En este Camino de la Inclusión –o, como es denominado en la tradición zen, El Gran Renacimiento y en la tradición cristiana, la transfiguración- descubrimos que nuestra naturaleza esencial de pura Consciencia no está tan solo presente como testigo de toda experiencia, sino que además constituye la mismísima sustancia o realidad de la experiencia. Como tal, no es tan solo el trasfondo de la experiencia, sino también lo que está presente en primer plano; no es tan solo trascendente, sino que también esinmanente.

En esta comprensión, la dualidad, es decir, la distinción entre el sujeto –la pura Consciencia- y los objetos del cuerpo, la mente y el mundo, se ha colapsado. De hecho, ni siquiera puede decirse que se haya colapsado, dado que para empezar nunca estuvo ahí realmente. Más bien, se ha visto con claridad que la dualidad es y siempre ha sido completamente inexistente: en realidad, no hay ningún yo –ya sea temporal y limitado o eternamente presente e ilimitado- que conozca, ni tampoco ningún objeto, ser o mundo limitado que sea conocido. Lo único que hay es puro Conocer –una totalidad íntima, continua, indivisible, eternamente presente e ilimitada-.

Es en este sentido en el que los términos Conocer o la luz del puro Conocer se usan en Las cenizas del amor; para describir ese sentir y conocer que toda distinción entre un sujeto aparente y un objeto, ser o mundo aparente se ha disuelto, al contrario que los términos Consciencia o puraConsciencia, en los que aún están presentes un sujeto aparente y un objeto.

Y, del mismo modo que utilizamos como metáfora para la relación de la Consciencia con la experiencia el cieloabierto y vacío, en el que los objetos del cuerpo, la mente y el mundo flotan como nubes, para el puro Conocer, en el que no hay sujeto ni objeto, emplearemos la metáfora de la pantalla y la imagen o película.

Sin embargo, la pantalla en esta metáfora es una pantalla consciente; está viendo o conociendo las imágenes que en ella aparecen, y es, simultáneamente, la sustancia de la que están hechas. De este modo, las conoce como sí misma, no como objetos o como otros.

En este caso, no existe un objeto con existencia real independiente en la pantalla que podamos llamar (una imagen). No hay dos cosas –Advaita significa (adual, no dos)-; no hay por un lado la pantalla y por otro la imagen; únicamente existe la pantalla. Es la pantalla la que, vibrando y creando modulaciones de sí misma, aparece como la imagen, pero nunca se convierte en nada diferente a sí misma.

De igual modo, el puro Conocer, vibrando dentro de sí mismo, toma la forma del pensar, sentir, percibir, ver, oír, tocar, gustar y oler, y así, parece convertirse en una mente, un cuerpo y un mundo, pero en realidad nunca se transforma en nada que no sea él mismo.

Por lo tanto, desde el punto de vista del puro Conocer, no hay (objetos). Tan solo hay objetos e individuos desde el punto de vista ilusorio de uno de los personajes de la película.

El nombre común que le damos a la ausencia de distinción entre un sujeto que conoce y un objeto, ser o mundo, que es conocido, es amor o belleza. El amor es la experiencia de que no hay otros; la belleza es la experiencia de que no hay objetos.

De hecho, no hay palabra que pueda ser legítimamente utilizada para describir la realidad de la experiencia, que permanece innombrable, por siempre más allá del alcance del pensamiento, y que, sin embargo, es total y absolutamente íntima. Es por este motivo por el que, cuando se intenta expresar esta Realidad, ¡es posible tanto no emplear ninguna palabra como utilizar muchísimas!

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El Camino de la Exclusión –no soy esto, no soy aquello- nos lleva de la creencia (soy algo) a la comprensión (soy nada). El Camino de la Inclusión –soy esto, soy aquello- nos lleva de la comprensión (soy nada) a sentir y comprender que (soy todo).

El Camino de la Exclusión está basado en la discriminación; en él hacemos una distinción entre lo que es esencial en nuestro Yo y lo que no lo es. El Camino de la Inclusión está basado en el amor; en él se ve que todas esas distinciones no tienen existencia real, y descubrimos nuestra intimidad innata con todos los aparentes objetos y seres. Este Camino del Amor lleva a lo que podría denominarse Iluminación Encarnada, en la que la comprensión de la verdadera naturaleza de Consciencia eternamente presente e ilimitada va impregnando gradualmente todas las facetas de la vida, penetrando y saturando el cuerpo, la mente y el mundo con su luz. Es un proceso que nunca termina.

Tomamos el Camino de la Exclusión para ir de la Dualidad Convencional a la Dualidad Iluminada; tomamos el Camino de la Inclusión o Tántrico, el Camino del Amor o la Belleza, para ir de la Dualidad Iluminada a la Iluminación Encarnada.

Estas tres etapas –Dualidad Convencional, Dualidad Iluminada e Iluminación Encarnada- se encuentran en todas las grandes tradiciones espirituales y religiosas; en el cristianismo son la crucifixión, la resurrección y la transformación; en el budismo, el samsara, después el nirvana y por último el samsara y el nirvana como equivalentes: primero la forma, luego el vacío, y por último la forma es vacío y el vacío es forma. Tal y como lo expresó Ramana Maharshi: “El mundo no es real; tan solo Brahman es real; Brahman es el mundo”.

En primer lugar, descubrimos que toda experiencia aparece en y es conocida por el espacio abierto y vacío de la Consciencia. Después, descubrimos que la Consciencia no es tan solo el contenedor y el conocedor, sino la mismísima sustancia o realidad de toda experiencia.

A medida que la distinción entre la Consciencia y los aparentes objetos del cuerpo, la mente y el mundo se colapsa o, dicho con más precisión, a medida que se percibe que esa distinción es completamente inexistente, se comprende que todo lo que siempre hemos conocido, todo con lo que alguna vez nos hemos relacionado, es únicamente el Conocer de la experiencia. De hecho, no es tan siquiera el Conocer de (la experiencia), porque nunca encontramos una experiencia independiente del Conocer de dicha experiencia.

Tan solo conocemos el Conocer. Sin embargo, el (nosotros) o el (yo) que conoce ese Conocer no está separado ni es distinto de él; el Conocer no es conocido más que por sí mismo.

Todo lo que en todo momento se conoce es Conocer, y es el Conocer el que se conoce a sí mismo.

Lo único que existe es la luz del puro Conocer.

Rupert SPIRA, Las cenizas del amor. Aforismos sobre la esencia de la no-dualidad, Sirio, Málaga 2016.

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LA VERDAD MAS ALLÁ DE LA MENTE

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CUANDO CAEN LAS CREENCIAS: ¿VACÍO O LIBERACIÓN?

     A diario, en mi práctica profesional, me encuentro con personas con distintas creencias e ideologías, pero sobretodo me encuentro con un excesivo apego o rigidez a determinadas ideas. Hasta tal punto que nos exclavizamos a ellas. Corriendo un tupido velo en la ventana de la razón para que no pueda entrar otra verdad que la suya. Este artículo, que me ha llegado esta mañana, de Enrique Martínez Lozano, lo aclara muy bien. Y sobretodo, echa por tierra ese pilar, al que nos asimos para no perder el equilibrio, como son las creencias.

        Y me ha encantado, especialmente el final, donde se desmonta todo pensamiento, toda mente, toda idea, ideología o creencia. La verdad no se puede conocer con la mente, está más allá de ella. Y esa verdad, no está lejos, está dentro de cada uno de Nosotros.

Aquí reproduzco fielmente su artículo:

 Salir del relativismo… y del absolutismo

El destino de las creencias no parece que pueda ser otro que el de su disolución. O, al menos, la comprensión de que únicamente son válidas en el nivel mental. Pero, dado que la mente no puede atrapar sino aquello que es objeto, las creencias –construidas por ella- nunca podrán contener la verdad de lo que es. Esta simple comprensión permite reconocer cualquier creencia como lo que, en realidad, es: una construcción mental que, en el mejor de los casos, “apunta” hacia la verdad que no puede ser pensada.

         Al caer las creencias, se hace presente la crisis. Y entonces, cuando se vive la sensación de que peligra la propia seguridad –que se había apoyado en las creencias-, suelen aparecer diferentes mecanismos de defensa, que se activan ante cualquier sensación de peligro, y que van desde el integrismo hasta el cinismo.

         En algunos casos, al ver cuestionadas sus creencias, la persona puede adoptar una actitud integrista, atrincherándose en sus propios puntos de vista y rechazando del modo más radical todo aquello que sea fuente de cuestionamiento. En el extremo opuesto, puede haber quien, al descubrir el carácter relativo de aquellas creencias a las que había atribuido un valor absoluto, decepcionado y frustrado, opte por el escepticismo o el cinismo más amargo.

         La psicología, apoyada en investigaciones neurocientíficas recientes, sabe que nuestra mente es reacia al cambio. La llamada disonancia cognitiva –que se dispara cuando una nueva idea pone en cuestión alguna creencia previamente arraigada- produce un estado de malestar, marcado por la ansiedad, que hace que la persona tienda espontáneamente a descartar todo aquello que ponga en cuestión su sistema de creencias.         

     Sin embargo, entre el integrismo y el cinismo, entre el absolutismo dogmático y el relativismo, cabe otra actitud más adecuada, porque parece que hace más justicia a lo real. Me refiero a la relatividad.

         El relativismo niega toda posibilidad de acceso a la verdad. Más aún, sostiene que, en rigor, todo depende de la perspectiva que se adopte. Su consecuencia no puede ser otra que el vacío, el sinsentido y el nihilismo más radical. Su error de base: el supuesto apriorístico que niega la verdad y la posibilidad de acceso a la misma.

         Por su parte, el absolutismo dogmático identifica la verdad con su propia creencia. Su consecuencia no es menos nefasta que la anterior: absolutiza lo relativo y condena a quien discrepa. La actitud absolutista o dogmática suele esconder inseguridad, por lo que le resulta difícil convivir con la discrepancia. Por esa razón, lleva mal el pluralismo, al que, con frecuencia erróneamente denunciará como “relativista”. Su error de base: el empobrecimiento que supone reducir la verdad a una construcción mental.

         Entre ambos extremos, parece abrirse paso la comprensión de que todo conocimiento humano es situado –dentro de las coordenadas espaciotemporales- y, por ello mismo, relativo, es decir, relacional: dice relación a un tiempo y a un espacio. Dicho más brevemente: entre el relativismo (nihilismo) y el absolutismo dogmático, que tanta confusión y sufrimiento han generado y siguen generando, parece innegable que la relatividad es el modo humano de conocer.

         Tal reconocimiento hace posible el más genuino pluralismo –en el que el pensamiento dogmático se siente profundamente incómodo-, a la vez que no niega la verdad profunda de todo lo que es. Nos advierte solo de algo elemental, que me atrevería a formular en estas proposiciones:

  • Todo pensamiento es condicionado (situado, relativo);
  • La mente no puede contener la verdad;
  • La mente solo puede operar con objetos (materiales o mentales);
  • Hay más realidad que aquella que la mente puede atrapar (la misma ciencia nos advierte hoy que apenas percibimos el 4% de la realidad);
  • La verdad es una con la realidad, no algo “añadido” desde la mente;
  • Tenemos acceso a la verdad, en la medida en que acallamos la mente y nos descubrimos uno con lo que es (eso es la meditación o el silencio contemplativo);
  • Todas las creencias son solo construcciones mentales, con valor únicamente en el estadio o nivel mental;
  • Las creencias absolutizadas constituyen el mayor obstáculo para abrirse a la verdad: el “creer” –cualquiera que sea la creencia- no nos deja “ver”;
  • Gracias al silencio del pensamiento, experimentamos que la mente no puede contener la verdad y que, sin embargo, la somos;
  • Dado que nuestro fondo es el mismo fondo de lo Real, todos podemos decir como Jesús de Nazaret: “Yo soy la verdad”;
  • Sin negar el valor de la mente –ni de la razón crítica-, necesitamos trascenderla para acceder a la verdad de lo que es, de lo que somos: se asume plenamente la racionalidad, pero se la trasciende.

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